miércoles, 9 de mayo de 2012

Segundo derecha, calle la luz



Segundo derecha. Calle La Luz. Luna llena. La pantalla de Pedro Gil revela la orografía selenita en su nueva prestación tridimensional, apreciable gracias, también, a unas gafas futuristas que disimulan su obesidad mórbida y le aportan cierto aire de profeta apocalíptico. Las fases lunares y su relación con la predicción de la lluvia son analizadas con detenimiento por un contubernio de astrólogos y meteorólogos, debate que Pedro apenas puede oír, por culpa de una antipática teleoperadora de gestión de cobros: Si no paga el recibo del gas, le cortarán el suministro la semana próxima. Se quedará entonces sin calefacción, sin cocina, sin agua caliente...
La televisión por cable ha sido un verdadero sacrificio para él, le ha restado muchas estrellas a su calidad de vida. Es realmente cara la programación, los partidos, los estrenos en 3D, las películas porno... aunque él lo amortiza todo lo mejor que puede.
Se aproxima el invierno, lo acaban de decir en el mismo canal Metheoros, y, según han podido leer en la luna los expertos, se presume el peor de las últimas décadas. "Señor Gil, si no hace el ingreso en las próximas 24 horas procederemos a cortarle el suministro definitivamente, en la próxima semana".
Vayan preparando los abrigos, señores espectadores, no pasábamos un invierno así desde tal fecha... Nos preguntamos si los chimpancés del zoológico experimentarán anomalías en la rutina de su comportamiento...
"Señor Gil, si no abona el importe..."
Quizá las bajas temperaturas recrudezcan la virulencia de la gripe, estimulen la aparición de nuevas cepas mucho más radicales y resistentes que las ya conocidas, así que pongan máximo cuidado y tomen todas las precauciones antes de que sea demasiado...
"Señor Gil..." Y ha sonado un cloc que ha atropellado a la cobradora. Un señor con ojeras y fórmulas de viejo prestidigitador, ha continuado exponiendo el balance de lo que será el próximo invierno, una combinación de accidentes meteorológicos que "presentan todos los indicios de acabar con la estirpe humana". Es la señal, está claro; lo ha dicho ese señor de las ojeras: "Acabar con la estirpe humana".

lunes, 23 de abril de 2012

A unos pájaros



"Una pared, no muy alta, la que anunciaba nuestro instituto de secundaria, que se llamaba Ramón Carande. A su bautizo civil acudió el hijo de este ilustre señor, un tal Bernardo Víctor, con maneras de chulo viejo que apenas daban para arrugar un Barbour encerado; en su alocución habló de su padre y, largamente, de sí mismo. Durmió a las ovejas. Realmente cuidaron demasiado el nombre del centro y demasiado poco el centro en sí. Sin ningún criterio ecológico, lo tenían todo sembrado de pinos de considerable altura, con una densidad que presagiaba feroces combates por la supervivencia y alejaba para siempre al edificio, una construcción simple, compuesta por la intersección algo absurda de dos cuerpos de planta rectangular, después rematados con ladrillos pintados de rojo en las aristas de sus blancas paredes. En ellas se abrían ventanales despanzurrados, por los que de continuo asomaban persianas que fueron de color verde. Cuando llegaba el verano, las agujas de los pinos filtraban una luz espumosa y azulada que hacía guapas a las chicas que, bajo el desalentador sol de mediodía, seguramente no lo fueran. Caminando por la vereda oficial, la de los profesores y los alumnos modelo, se advertía el error de la perspectiva y la densidad arbórea, pues no eran más de veinte los metros que, en realidad, separaban la verja de la entrada del zaguán. Éste aún se hallaba franqueado por una doble fila de coníferas nervudas y azules que, en las mañanas de primavera, exhalaban un olor agrio a sudor. Para nosotros, adolescentes en plena efervescencia hormonal, aquella peste resultaba casi identitaria y no nos parecía ni demasiado repugnante..."

martes, 27 de marzo de 2012

La red que atrapa tus sueños


De nuevo despertó sobresaltada.

Mañana cumpliría los doce años, por eso no hacía otra cosa que dar vueltas en la cama.

Por las enaguas de la noche se deslizaba la cadena de un reloj, un reloj antiguo de bolsillo con caperuza de platino y labrada de arabescos que componían una tupida red.

Martita tenía que descansar, no debía pensar en el regalo que le había adelantado el huraño de su abuelo paterno. Tenía que olvidarlo, recostar la mejilla en la almohada blanca y descansar, dormir, descansar y soñar.

Podría asegurar que en el interior de aquel huevo aplastado latía un embrión, un embrión de metal que manifestaba con impertinencia sus ansias de expandirse, dando estallidos con su lengua de platino.

Pero ahora tenía que descansar, dormir y descansar.

Mañana celebraría el cumpleaños, mamá haría otra tarta de galletas y a ella acudirían los onerosos insectos de la conveniencia. Papá encendería dos números modelados en cera que ella tendría que apagar de un soplido, al instante, en la penumbra de la habitación, antes de que se fundieran para siempre.

Así lo dictaminaría el reloj, sin ninguna duda, pero ahora Martita tenía que dormir.

El reloj señalaría aquel instante, que vendría ya programado en las cabezas cuadradas de sus operarios, que no dejarían de martillear con violencia aquellos cruciales segundos para escupirlos como vulgares recortes de tiempo.

Los niños entonarían cánticos con desafinada gana, papá lo grabaría todo en vídeo y mamá sería la encargada de recogerlo en instantánea, para que la niña no olvidase nunca que había cumplido doce años, que se había convertido en una mujercita, aunque ahora era preferible descansar. Dormir. Descansar. Soñar.

No tenía doce años, pero la niña ya se había dado cuenta de que el reloj del abuelo albergaba toda una sociedad organizada de la muerte, lo notaba en aquella cáscara de platino que palpitaba y relucía en la noche.

Pero todavía faltaban una hora, o dos o tres, para que dieran las doce; así que sería mejor olvidarse de todo, de ritos, costumbres, engranajes y flejes helicoidales de la especie; de alguna manera habría que zafarse del maldito tic-tac y dormir de una vez.

Era necesario, ahora más que nunca, dormir, dormir y soñar.

martes, 13 de marzo de 2012

La noche en que vimos a Marta


En el preludio de la tormenta de aquella noche de verano, vieron a la bella Marta Silva aplastar las espigas, levemente, con sus pies delicados y desnudos, a la vez que corría, mientras corría descalza por el campo.

Entre los crótalos de la avena en pasto habían quedado hundidas algunas flores a las que nunca llegaría la luz prometedora de la luna. Junto a ellas se frotaban sus alas barrocas los grillos, como intentando recuperar el sonido de aquellas palabras caídas de los amantes que, para esta altura del tiempo, ya habrían dejado de ser amantes.

En todo el recorrido de la joven había sangre para rellenar las cáscaras vacías de las semillas, para rebosar en sus vainas y, desde allí, derramarse sobre tribus de insectos llameantes y angulosos aún no catalogados, sobre el rastro invisible de las alimañas y de los malos sueños, sobre todo lo que nos hace tiritar cuando padecemos fiebre y ya, de puro fatigados, cerramos los párpados.

No sintió Marta Silva la figura antropomorfa que emergía de la masa de colores apagados del campo.

En la incertidumbre de la oscuridad comenzaron a sonar pisadas de dos grandes botas que se perseguían la una a la otra para alcanzar aquel surco plateado y sudoroso que serpenteaba bajo lazos de raso celeste en las tinieblas de la madrugada.

Se fundió por fin la figura de Marta Silva en el agujero colosal que es el horizonte de la noche como, en los posos del recuerdo, disolverá el tiempo las palabras hermosas de quienes nos amaron.

Con la boca abierta, como si gritase, Marta se fundió en la noche, mientras corría descalza por el campo.

lunes, 27 de febrero de 2012

Topología de un coño

Elsa del Rocío, grabado en metacrilato, para que no lo olvidase.

Elsa del Rocío, bailando en el ojal de un cardigan.

Elsa del Rocío, gruta espléndida de perpetua humectación, canal estrecho (según), ancho, a veces, pero resbaladizo, en todo caso, y siempre seductor.

Cuántos habríamos explorado aquella misma maravilla de la naturaleza y nos habríamos detenido embelesados ante las mismas protuberancias, porque eran labios que se tragaban unos labios, porque era una orquídea morada surgiendo de la negrura abisal de las profundidades, porque estaba viva, a su manera, y gemía, seguro, y susurraba, y también gritaba y sentía.

Cuántos (qué empeño de contarlos) nos sentimos refugiados o escapamos de nuestras grises vidas en un cierto momento, sin otra excusa que encontrar refugio justo allí.

- No debes tocar – me dijiste – ¿sabes que podrías causar un daño irreparable?

- Debe tener un tacto muy suave, ¿no? – respondí.

Me acercaste la boca a la oreja para decirme que sí, en voz muy bajita, para que no nos oyese nadie.

Habías adivinado mis intenciones, pero te descuidaste un minuto con no sé qué explicaciones, así que volví a las andadas: acerqué mis dedos como si ya me complaciese la sola proximidad de tanta belleza, aunque acabé tocando – que era lo que me temía y lo que realmente deseaba.

¿Cuántos se habrían sentido tentados de hacer aquello mismo? (y dale, otra vez a contarlos) ¿diez, quince, veinte (quizá más) en un solo día? ¿Cuántos habrían querido tocar más profundo, incluso? Qué más da. Si hasta podríamos comentarlo, luego, con unas copas, y hacer un grupo en el facebook, para colgar fotos, trucarlas, etiquetarlas y todas esas chorradas.

No debía hacerlo y no lo hubiera hecho, de fijo, sin aquella humedad con olor a carne humana, primitiva, que nadaba en la perfecta temperatura, en la perfecta complementariedad que anduve buscando toda mi vida y que llevaba respirando apenas veinte acelerados minutos.

Era otra vez mi mano, que deseaba adentrarse toda ella en la galería y recorrer todos sus relieves, que los acariciaba y, poco a poco, se introducía, que perdía la vergüenza y desataba mis primitivos instintos.

Realmente me había costado muy poco dinero satisfacer tanta concupiscencia, dejar que el corazón me empujase la lengua hasta hacerse sitio en la garganta, batiéndome furiosamente. Aun así, no supe contenerme y tuve que tocar. Justo allí. Otra vez.

Fue entonces cuando te escuché gritar, muy alterada. Aunque luego recompusiste el gesto, para decir con más comedimiento:

- No, no, no, ¡fuera de aquí, por favor!

Yo ya me sonrojaba, avergonzado. Quizá llegarías a insultarme y mi imagen ya no significaría nada para ti, como la de esos otros, tantos otros, que veías pasar una jornada tras otra. Así que no te puedes imaginar mi alivio cuando te vi sujetar la mano del turista inglés que estaba a mi espalda y al que le decías airada: “¡No tocar! ¡Fuera! ¡Tú go de aquí!”

El turista, que nada sabía de mis perversiones, buscaba una explicación en el resto del grupo, pero todos callábamos. Especialmente yo, que vivía la confusión en tercera persona. Miró el pobre hombre tu credencial de metacrilato y salió contrariado, pidiéndote una razón:

- What, Elsa?!

Regresaste al grupo, por fin, acalorada. Te quitaste el cardigan y volviste a repetir:

- No toquéis, por favor. Perdonad la escenita, pero ya os avisé del cuidado que había que tener al entrar en la Gruta de las Maravillas. ¿Sabéis que podríais causar un daño irreparable? ¿Sabéis cuántos años han sido necesarios para que hoy podáis contemplar esta belleza aquí, en Aracena?

Pero la cara mariscada del inglés volvió a asomar al fondo, interpelándote una vez más:

- What, Elsa?!

Y ahí sí que de verdad te vimos perder la compostura, las mejillas rojas, de cólera:

- ¡“Go”, coño, “Go”! – gritaste, atravesando el grupo, más enrojecida aún, hasta que la cabezota desapareció del todo - ... bueno, perdón, esto... Continuemos... venga, sigamos, por favor.

Te adelantaste y el grupo te siguió, como si nada, pero yo volvería a tocar una y otra vez las paredes de la gruta; tu exabrupto no iba a retenerme.

Para que nadie sospechase, dejé que todo el grupo se pusiese delante de mí, con la excusa de dar una ojeada al folleto:

“... esta cavidad ofrece al visitante un recorrido por las entrañas de la Tierra, allá donde la alianza eterna del agua y la roca ha conformado un paisaje de fantasía a su alcance y que difícilmente olvidará...”

Las grutas de Aracena... What, Elsa?

viernes, 24 de febrero de 2012

Nada es la soledad

La soledad no es nada.

Nada que permita garantizar tu existencia.

Nada para rellenar tu almohada.

Nada entre uno y el vacío.

Nada es la soledad.

Nada escogemos, sin embargo,

frente a la soledad.

Luego la soledad no puede ser más nada.

viernes, 3 de febrero de 2012

Metamorfosis


Abrumado por el empuje opaco de las aguas, el junco que sostenía a la resucitada sería engullido por el feroz arroyo de manera irremisible.

Aquel ser remojado y torpe que parecía una mariposa, desplegó entonces dos cintas de seda húmeda y las sacudió pesadamente.

Sus complicados ojos, incrustados con todos los colores posibles de la orilla, observaron el peligro inminente de caída y fueron los primeros en desprenderse de la hierba para dar el salto definitivo.

Temía la mariposa que le había llegado la hora del salto antes que la del fin de su metamorfosis, que algo no marchaba, esta vez, en aquel reloj interno que su raza tanto se preciaba de conocer.

Y sus alas zumbaban tartamudas sobre la porquería de la corriente, mientras esparcían minúsculas gotitas del mismo líquido amniótico que había alimentado sus sueños de pupa.

En la torpeza de su vuelo la mariposa añoraba su infancia de crisálida, aquella canción simple y monocorde que la seducía y la invitaba constantemente a dormir, a dormir y a volar en sueños.

Desengañada, revoloteando sobre la boca oscura de la corriente, la mariposa sólo deseaba dormir, dormir y soñar una vez más.